sábado, 1 de marzo de 2014
Gestionar la mezquindad.
Cuando la política enciende sus motores para gestionar las mezquindades de los grupos de poder, apaga el corazón latente de la ciudadanía y cultiva, a mansalva, el descrédito, la apatía y el desinterés del común de los mortales.
La política es un instrumento, en sí mismo, desposeído de maldad y artificio: las conductas impropias y la desvirtualización de su cometido, son sus principales cargas; las cuales, deben ser combatidas, sin rubor alguno.
Estas pesadas piedras no son la consecuencia de una fórmula –la de la política- fallida; sino el desenlace de una mala praxis que toma un espacio impropio y una identidad de pertenencia que enmascara y oscurece a su noble principio.
La agenda del político debe tener como escribiente a los ciudadanos y como reclamo irrenunciable, sus problemas. Todo lo que salga de ese margen y de sus límites, forma parte de la estridente algarada de unos pocos nostálgicos que, en otros tiempos, sí eran ciudadanos de postín, apellido y alta cuna; y reclaman, con nocturnidad y sigilo, una política de clase o a una clase política de la que servirse.
No existe beneficio alguno en esta monstruosa connivencia: los largos apellidos, y las sábanas de importación que acunaron la miseria de las castas, representan la voluntad de un ciudadano desposeído del instrumento del que se sirvieron sus antepasados: la desigualdad consentida y vitoreada.
Instalar, de una vez, la madurez democrática en nuestros actos como servidores públicos, es un deber adherido a la política, como lo es el fuego o el agua a la Tierra.
Existen matojos a la entrada del camino, incapaces de volver su mirada y contemplar el esplendor de un bosque cubierto de frondosos y fuertes árboles, que aportan solidez al suelo; oxígeno al aire contaminado; color en la oscuridad de una noche estrellada; raíces para entender que lo que fuimos nunca nos dirá lo que seremos…
Esa hojarasca seca, que surge y se desvanece en la moda de las estaciones, será arrastrada por el viento; coloreada, en su vestimenta, por los rigores de Abril; quemada por el punzante sol del oeste y solidificada en su manto mortuorio.
La política, como la arboleda, resistirá la fuerte embestida de las pequeñas mezquindades, porque ésta vino a quedarse, a pesar de ellos.
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